El olor es inusual, y difícil de igualar. Es amargadito pero cariñoso, y está ahí cuando menos lo esperamos. Es único en su especie por lo cual no puede ser definido, pero si me preguntan yo diría que es mi preferido. Me refiero al café y no es al conocido, sino al sabor que me dejó esa chica en aquél camino.
A las 12:00 del medio día me formo en la taquilla y pido un boleto. Subo en Coyoacán como de costumbre y con una flojera que se contagia en el aire. Lo bueno es que sólo son cinco estaciones para llegar a mi destino. Espero en el andén la llegada del tren. Se detiene. Abre sus puertas y entro con paso desenfadado.
Al ingresar lo primero que veo es a una chica linda que va escuchando música. Ella se da cuenta de mi llegada, me mira, y voltea para el otro lado. ¡Qué tensión siento! Mi ritmo cardiaco se acelera y yo sólo consigo ponerme más derecho de lo normal y sacar el pecho. ¡Qué estúpido me he de ver visto!
Decido con paso firme acercarme a ella aunque sea sólo diez minutos de transcurso a la estación Universidad, deseando que no se baje en Copilco para poder verla más tiempo. Ella es una chica alta y con una cara hermosa, trae puesto un pantalón de mezclilla ajustado y una blusa morada.
Ya en el túnel cambio de posición para que ella me note y en efecto lo consigo. Me vuelve a ver y esta vez le sostengo la mirada, pero ella asustada la voltea rápidamente. Iré más despacio para la próxima vez. Un asiento se desocupa y le hablo para ver si quiere sentarse, pero me dice que no porque ya va a bajar. Lo último que recuerdo es su sonrisa blanca deslumbrándome la pupila.
Cuando aparece la siguiente estación al final del túnel ella se acerca a la puerta, y me dan unas ganas locas de agarrarla y decirle que no se vaya, que por lo menos me de su nombre, pero es demasiado tarde. Las puertas se abren y sólo volteo para ver como se aleja entre las masas.
A todos alguna vez nos ha pasado esto, queridos lectores. Esta vez fue a mí, pero todos en el metro hemos vivido cosa semejante. La verdad es que quién no quiere pasar un largo viaje en compañía de alguien atractivo aunque luego tengamos que tragarnos este sabor a café sin azúcar por la garganta, que bien lo vale.
Somos tan indecisos y hostiles en el metro que una mirada significa incomodidad y desequilibrio. Se cruzan pero nunca se entrelazan. No se detienen, se rehúyen, se ignoran entre sí. No conocemos al otro y no nos importa preguntarle ni siquiera el nombre. Nos sentimos invadidos. El espacio personal se ve en peligro y por eso nos encontramos a la defensiva, expidiendo ese olor a café amargo que aleja a todos los que nos rodean.
Miramos a través de una ventana intentando encontrar un paisaje inexistente, cuando lo único que hay es el reflejo de una sociedad anónima e irritable, cansada de trabajar y rutinaria en todos los sentidos. La desconfianza se observa en cada rostro, cuando detrás de esa dureza podemos encontrar al ser humano, al compañero viajante y hacer del recorrido algo ameno y agradable.
Me enamoré sin siquiera saberlo, recordarla es mi mejor consuelo. Aquella sonrisa vivirá en mi memoria con ese sabor peculiar a café sin azúcar. Si se preguntan si me arrepiento, podría contestar mil veces que no, porque ese toque amargo endulzó mi corazón. Aún sigo buscándola, y la encontraré aunque no quiera, siguiendo el olor de café amargo que deja cuando llega.
Si un día suben al metro y perciben ese olor, estén alerta y volteen a su alrededor, que el amor podría estar esperándolos adentro de un vagón.
El Cozhy
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